martes, 14 de febrero de 2017

Tomás Munita y los fotógrafos chilenos

Grata sorpresa me di ayer cuando gracias a mi buen amigo Bernal revisé las fotos ganadoras del World Press Photos de este año.

Entre la lista de fotos y fotógrafos ganadores encontré el trabajo de Tomás Munita, un fotógrafo chileno al que vengo siguiéndole la pista desde hace ya muchos años. Este era su tercer premio de World Press Photo y este lo ganó con fotos que originalmente se publicaron en un especial del New York Times (enlace acá) hace ya casi un año.

Este año Tomás ganó con un ensayo sobre Cuba, con algunas fotos que rozan lo sublime, retratando no solo la bella y contrastante Cuba, si no también ese momento histórico de la despedida que le hizo el pueblo cubano a Fidel.

© Tomás Munita - 2016

© Tomás Munita - 2016


Curioso que en ese ensayo fotográfico sobre Cuba Tomás no dejó pasar la oportunidad para hacer un pequeño homenaje al gran Robert Frank. Si la foto original de Frank se lee como una crítica muy directa a la segregación de la sociedad estadounidense de mediados del siglo XX, la de Tomás, en cambio, es un tributo a las condiciones que imperan en Cuba: todos en una misma ventana, desde niños hasta ancianos... ni corbatines, ni miradas pretenciosas, ni negros atrás y blancos adelante.

© Tomás Munita - 2016



Los interesados en conocer más sobre el trabajo de Tomás y sus motivaciones como fotógrafo pueden ver el documental que comparto abajo. El documental se llama Ocho Fotógrafos y de entre esos ocho inicia con su historia.

lunes, 23 de enero de 2017

Navidad en El Rodeo

Con cada visita navideña de mi buen amigo Ricardo Kriebel las caminatas a la montaña se han vuelto casi que una rutina. Uno de los lugares favoritos para estas caminatas es la Zona Protectora El Rodeo, en Ciudad Colón.
Esta vez, aparte de Ricardo (botánico) y Manuel (entomólogo), también nos acompañó la pequeña Sengi.

_R070100_R070065_R070116_R070084_R070111_R070093_R070073_R070112_R070118_R070057_R070122_R070138_R070070
© G. A. Durán S.

jueves, 19 de enero de 2017

Tatiana Huezo y Tempestad

Durante el pasado Costa Rica Festival Internacional de Cine tuve la suerte de conocer a la documentalista salvadoreña-mexicana Tatiana Huezo, ganadora con su trabajo Tempestad del premio al mejor largometraje del festival.

Aunque ya hace un tiempo un buen amigo que había tenido la oportunidad de ver Tempestad en otro festival me pasó un enlace algo secreto para poder verlo en internet, y por esta razón desaproveché la oportunidad de verla en pantalla grande, el festival en Costa Rica también trajo otra joya del trabajo de Tatiana, su corto Ausencias, que con una temática similar a Tempestad nos hace abrir los ojos a situaciones que muestran los grandes niveles de inseguridad y sufrimiento que se viven en las calles de México.

Lo singular de esos trabajos de Tatiana, siento, es que nos presenta las historias utilizando dos caminos muy distintos: un audio desgarrador y una imagen de gran belleza. Mientras que la cinematografía de los trabajos nos encamina a través de detalles, escenas y lugares relacionados a las historias, la voz nos adentra en situaciones espeluznantes, en historias contadas con voces que reflejan todo el peso de haberlas vivido. Esa dicotomía entre imagen y audio crea un conflicto en el espectador, que en el caso mío, me hizo sentir muy incómodo al pensar que estaba disfrutando estéticamente historias que son realmente dolorosas, de avergonzarme de haber caído a través de la seducción de la belleza visual en el abismo del schadenfreude.

El último día del Festival tuve la suerte de asistir a un converesatorio con Tatiana donde se habló de su forma de trabajar, de sus trabajos anteriores y de su vida como documentalista. Para complementar la discusión nos presentó varias secciones de su primer largometraje llamado El lugar más pequeño, un documental donde ella se reencuentra con el país de su niñez rescatando vivencias de la guerra civil que tuvo El Salvador durante los años 80s. Tristemente por más que he buscado la película en internet, no he podido conseguirla.

Entre los puntos que me llamaron la atención de su charla está la importancia de hacer una investigación rigurosa del lugar-situación que se quiere documentar. En los tres trabajos existió un largo proceso para conocer la problemática y el lugar donde se desarrolla, para establecer vínculos fuertes con los documentados y para seleccionar las historias que más se adecuan al objetivo del documental. Suena frío escribirlo así, especialmente luego de ver el gran trabajo y el enorme peso humano de las historias que se cuentan, pero sin duda esta rigurosidad investigativa es uno de los motivos por el cual su trabajo tiene un efecto tan directo en el espectador.

Tatiana ha hecho estos tres trabajos con voz en off, grabando entrevistas planeadas muy cuidadosamente de las personas escogidas. Para los primeros acercamientos al lugar y a las personas no utiliza cámara alguna, simplemente los recorre, observa, escucha y toma notas. Las entrevistas, según nos comentó, son largas y dolorosas, donde en ocasiones, por más que ella trate de mantener la distancia entre el entrevistador y el entrevistado, no queda más remedio que llorar y abrazarlo... me sorprendería si no fuera así.

A pesar del dolor que transmite el trabajo de Tatiana, y que para muchos, sin duda, verlo sería ir más allá de lo soportable, considero muy admirable su esfuerzo por ahondar hasta lo más profundo situaciones de dolor que han experimentado personas como nosotros; en mostrar historias que si no fuera por ella, seguramente únicamente las conoceríamos de forma muy superficial a través de los noticieros populares.


Roya Eshraghi, Tatiana Huezo y Fernando Chaves Espinach luego de la proyección de Ausencias.
San José, Costa Rica.



Tatiana Huezo en conversatorio.
San José, Costa Rica.

martes, 17 de enero de 2017

Moonlight: empatía en los tiempos de Donald Trump

Pasar una semana en Miami me dejó con una gran sensación de descontento.

Miami es un lugar de muchos contrastes y es muy difícil ser insensible a esa diferencia abismal que existe entre la opulencia de los Ferraris y Maseratis del South Beach y la miseria de los indigentes de los alrededores de Wynwood. Las diferencias entre ambos mundos tan cercanos geográficamente y tan distantes socialmente, y la indiferencia aparente de los que con el poder que poseen podrían reducir ese abismo, golpea a niveles que más que dolor causan una profunda decepción.

El tomar un CityTour para caminar por la tal Little Havana me hizo a los pocos pasos darme cuenta que ese conocido barrio resulta ser una caricatura de muy mal gusto de la verdadera Habana. Aún con el diminutivo en el nombre la comparación resulta muy pretenciosa. Los sandwiches cubanos no saben a sandwiches cubanos, las papayas no saben a frutas bomba, las guayabas no saben a guayabas; el son y el guaguancó se escuchan diferente, las miradas son distintas, los saludos también.

Mis días en Miami finalizaron de forma abrupta y llenos de angustia al vivir muy de cerca las tristes consecuencias que dejó en un joven su participación en la guerra de Irak: el joven tomó un arma y disparó abiertamente a personas inocentes en el aeropuerto de Fort Lauderdale, al norte de la ciudad. El atentado nos tomó por sorpresa cuando estábamos a pocos minutos de llegar al aeropuerto, fuimos testigos de la respuesta policial y mediática, así como también del caos que un acto así puede llegar a producir en el funcionamiento de un sistema tan complejo como un aeropuerto internacional.

Todas estas experiencias, a pocos días antes del traspaso de poderes y despedida del presidente Obama, me hicieron poder nuevamente observar a menor distancia esa sociedad que durante el 2016 decidió externalizar sus más obscuros deseos  al elegir como líder a una personalidad que representa abiertamente y sin la menor señal de pena valores que a mi juicio pueden llegar a desequilibrar de manera negativa muchos de los logros de nuestra civilización.

Teniendo todavía esas experiencias muy frescas me resultó muy esperanzador - casi como ese oasis en el medio del desierto - ver hace dos noches la ya muy comentada película Moonlight.

La película, filmada en un barrio de Miami llamado Liberty City (al lado del ya mencionado Wynwood),  presenta historias muy poco vistas en el cine estadounidense y, siento, son contadas con una sinceridad desgarradora por alguien que, sin la menor duda, ha experimentado en primera persona esas mismas situaciones.

La respuesta que tuvo Moonlight en la recién pasada entrega de los Golden Globes, llevándose el premio al mejor drama del año, refuerza la esperanzadora idea de que el valor de la diversidad, del respeto y la compasión hacia esas personas que han tenido vidas distintas a las de nuestro entorno más cercano sigue pesando fuerte en la moral de gran parte de la sociedad a la que el señor Trump le tocará gobernar.

El cine, como medio de comunicación masivo, tiene el potencial de servir como herramienta de diseminación de ideas capaces de modificar el comportamiento del publico. Este potencial, sumado a la gran acogida que ha tenido Moonlight, podrían servir, en el mejor de los casos, para esparcir esa compasión y empatía que se experimenta al ver la película, contrarrestando así un poco al individualismo, que con todos sus pro y contras, se ha mantenido como piedra angular de la sociedad actual y que a mi parecer se viene a reflejar en la reciente elección del señor Trump y sus ideales.

La película también me hizo borrar un poco esa mala impresión que tuve del actual Miami, de la fachada plástica, de veneración a la riqueza material, e hizo que sintiera una enorme empatía por la historia de Chiron, en ese laberinto de emociones, de golpes y de gestos de amistad que lo acompañaron durante su desarrollo como persona.