jueves, 18 de agosto de 2016

jueves, 11 de agosto de 2016

Sabine, Groenlandia y Sobol

Las fotos del libro Sabine del fotógrafo danes Jacob Aue Sobol se han ganado un lugar especial en mi memoria.

La serie de fotografías (que pueden ver completa acá) retrata, intercalando entre imágenes de paisajes de la agreste vida del circulo polar ártico, escenas de la historia de amor que surgió entre el fotógrafo danes de 23 años y la groenlandesa de 19 Sabine.

Sabine Nikoline Andersine Nina Ebba Maque es la sobrina del cura de un pequeño pueblo inuit de menos de 150 habitantes llamado Tineteqilaaq que se localiza al este de Groenlandia. En el año 2000, Jacob, en su segundo viaje a Groenlandia, y buscando fotografiar las escenas de una Groenlandia nostálgica relatada por su recientemente fallecido padre, se hospedó en la casa del cura. A los pocos días conoció a Sabine, la campeona del club de ping pong del pueblo, comenzando así una relación amorosa que se prolongó por los siguientes dos años, tiempo que Jacob pasó conviviendo con la familia de Sabine y la pequeña comunidad (leído de acá y acá).

Sabine, siento, es un diario de amor, de amor de juventud, de ingenuidad entrañable, de esa pureza de los primeros pasos por la edad adulta, y que de una forma muy íntima retrata un acercamiento entre dos culturas muy distantes y los conflictos que esto genera. Plantea preguntas inquietantes sobre la transitoriedad del amor, especialmente cuando surge entre culturas tan diferentes: el occidental escandinavo y la inuit groenlandesa. A pesar de que soy creyente de que el amor, aún con los altibajos de su naturaleza ondulante, con un esfuerzo adecuado por parte de ambas partes tiene el poder de unir situaciones y culturas así de distintas, la publicación del libro implica - al menos para mi - un final doloroso, el de la ruptura, el de Sabine quedándose en su pueblo y Jacob volviendo a Copenhague, y publicando años después un libro del que posiblemente Sabine no tomó decisión en su creación y que posiblemente tampoco será visto por los demás habitantes del pueblo groenlandes.

Acá ya no resultan sorprendentes los paralelismos que puedan existir entre Sabine y el cuento de hadas  La Sirenitaescrito por Hans Christian Andersen, otro danés. En ambos casos, pienso, el amor funciona como el mercurio de una posible amalgama que unirá dos mundos distintos, el subacuático y el terrenal, el citadino y el polar; en ambos casos hay esperanza, hay ingenuidad, hay lágrimas y un final que contradice lo esperado. En el del cuento, al no asesinar al príncipe la sirenita  logra no desaparecer en espuma de mar, si no que queda como espíritu latente con la posibilidad de en menos de 300 años alcanzar su deseo de poseer un alma; en Sabine, el recuerdo del amor de Sabine materializado en fotografías, en un libro, estará ahí latente para Jacob y Sabine (y también para todos nosotros observadores) como material que podrá servir para traer a la memoria los recuerdos de la ingenuidad, la energía y la belleza del amor de juventud.

Otro de las inquietudes que me quedan luego de ver Sabine es la del papel del fotógrafo-documentalista al hacer públicas imágenes tan íntimas. Acá, aunque trate de evitarlo, caigo en el juicio moral: ¿Qué habrá dicho Sabine, en su pequeño pueblo, cuando Jacob le comentó la idea del libro? ¿La exposición de la intimidad de la desnudez será asimilada de manera similar por el pueblo inuit que por los daneses? ¿Tendría igual éxito en el mundo fotográfico si en vez de la Sabine inuit, fuese una Sabine parisina? ¿Es este libro y sus fotos acaso otra muestra más de colonialismo cultural de occidente, aprovechando los sentimientos de una joven de un pequeño pueblo inuit para que un fotógrafo citadino logre el éxito internacional?. Pensando en el hipotético caso de que Jacob hiciera el libro sin tomar en cuenta la opinión de Sabine (cosa que me partiría el corazón) al menos él en una de sus entrevistas menciona que Sabine sí vio el libro impreso y en el video de la entrevista que comparto abajo se le nota hablar con la nostalgia de amores pasados sobre su experiencia junto a Sabine. Al las fotos involucrar un tema tan intrínseco al ser humano como lo es el amor, pienso que todas estas preguntas tienen validez como parte de la interpretación del trabajo.

Con respecto al tema de las diferencias culturales y esa gran ternura que siento que transmiten las fotos de Sabine, es interesante cuestionar si el peso de las imágenes sería el mismo - la mirada de Sabine, su sonrisa y sus lágrimas - si en vez de una inuit fuese, por ejemplo, una londinense. Acá quiero mencionar algo que he notado en mi trabajo en el campo y que pienso también está presente en el libro, y es que las personas que habitan comunidades pequeñas y rurales tienden a ser más transparentes al mostrar sus sentimientos. Pienso que esto debe ser parte del sentido práctico con que tienen que vivir su día a día, donde las complicaciones sentimentales que tenemos nosotros los citadinos se vuelven hasta cierto punto intrascendentes. Esa forma tan abierta de expresar sus sentimientos es algo que siempre he admirado y me alegra darme cuenta que Jacob también lo notó en su relación con Sabine (o al menos esa es la sensación que me queda luego de ver sus fotos).

Finalmente me llama mucho la atención encontrar en varias de las críticas que leí sobre el libro comentarios diciendo que las fotos dan una sensación de que la relación entre Jacob y Sabine estuvo cargada de intensidad. Lo menciono porque pienso que ¨intensidad¨ no es el adjetivo adecuado (al menos en español), yo en cambio diría que están cargadas de una ternura que es inusual, más básica, más íntegra, para la frialdad occidental a la que muchos estamos acostumbrados.





© Jacob Aue Sobol – Sabine




lunes, 8 de agosto de 2016

Hasta la luz, mi querida Claudia

Ayer recibí la muy triste noticia de la partida de este mundo de mi querida amiga Claudia Lüthi, la coneja de los Paseos Fotográficos, la retratista de la vida de los laringectomizados de Lima, la fotógrafa, la traductora, la escritora, la luchadora, la artista, y ante todo el ser humano. Alguien que aun al estar geográficamente lejos, ha sido para mi una gran fuente de inspiración, guía y compañía durante estos últimos años.

Al leer la noticia de su fallecimiento, hecha pública en el Facebook por su cuñada, evoqué - ahora con una pesada sensación de tristeza - aquella tarde de cielo "panza de burro" en que finalmente la llegué a conocer en persona en aquel parque de "olivos mutantes" de su muy querido Miraflores. Nos saludamos - la reconocí al instante por su cámara colgada del cuello - y caminamos al Starbucks a tomarnos un café (no había cerca otra cafetería más limeña). No le dimos chance al aburrimiento durante ese café, entre preguntas y respuestas largas no paramos de hablar sobre su Perú, su vida como traductora y su fotografía. Pocas palabras se necesitaron para sentir que estaba frente a alguien que ya conocía de antes.. tal vez de algún sueño, tal vez de alguna "vuelta" anterior.

Hoy, entre la tristeza de su partida, decidí pasar mi hora de almuerzo releyendo todos los mensajes de despedida que escribían en su Facebook. Vi que su amigo Llorenç publicó una pequeña nota sobre un proyecto audiovisual que hicieron juntos Claudia y él hace varios años. El montaje fotográfico-sonoro me dio la entrada al, hasta entonces desconocido para mi, canal de YouTube de Claudia... y ¡qué grata sorpresa!.

En su canal encontré joyas cortas que retratan desde generadores de viento en el desierto Peruano hasta un afilador de cuchillos a domicilio en su muy amado Lima. ¡Qué ojos más curiosos! querida Claudia, ud buscando siempre la poesía del día a día, las pequeñas chispas de magia en el quehacer diario... Ay Claudia querida, cuanto nos vas a hacer falta de este lado.








martes, 2 de agosto de 2016

Allá en Nandayure está el Cerro Azul

Por pura curiosidad geográfica me interesé en Cerro Azul.

Al vivir nuevamente en Guanacaste y queriendo conocer más de las tierras que marcaron mi niñez nicoyana se me hizo necesario hacer al menos una visita al punto más alto de la Peninsula de Nicoya. Por algún lado había leído sobre las tierras "altas" de la Península de Nicoya, tierras que contradicen el imaginario de los "cartagos" que asocian la península con altas temperaturas, una estación seca muy marcada y playas. Pocos, inclusive los mismos guanacastecos, saben que al sur del cantón de Nandayure – cantón con un nombre netamente chorotega - está, con 1020 metros sobre el nivel del mar y coronado por casi cientos de antenas, el Cerro Azul, el lugar más alto de la península.

De Carmona, un pueblo de calores legendarios y el más importante de Nandayure, se sube sobre una calle de lastre hasta la cúspide del cerro. La subida se puede hacer en un vehículo alto que no necesariamente tiene que ser 4x4. Francamente a mi me impresionó que en alrededor de media hora en carro se puede escapar de los calores sofocantes de Carmona para sentir la frescura del aire de los más de mil metros de elevación sobre el nivel del mar de Cerro Azul.

Durante el camino a la cima se nota el abandono de esta zona de la provincia, que a pesar de geográficamente estar cerca a los polos turísticos de Guanacaste, en infraestructura para recibir visitantes está aún muy lejos de Nicoya, Santa Cruz o Liberia. Para el ojo del que ha estudiado ingeniería forestal es fácil de apreciar que gran parte del bosque que rodea la cima del cerro son potreros abandonados convertidos en tacotales y bosques secundarios, reflejos de que, seguramente, los números de la economía ya no daban para tener ganado en estas tierras, situación que inclusive hace notar que varias casas han sido abandonadas.

Cuando se llega a la cima del cerro lo que más llama la atención a los visitantes primerizos es la gigantesca bola de futbol que acomodaron sobre una gran plataforma de metal, señal de los supuestos vestigios de un radar de última tecnología que hace ya varios años instaló el personal del ejército gringo para ayudarnos a controlar el narcotráfico. ¿Funcionará aún el radar? Según el estado de la infraestructura (y huecos en las mallas por donde afortunadamente se puede entrar al inmueble) pensamos que no.

¿Y para qué subir hasta allá arriba? Aparte de para evitar el ya varias veces mencionado calor del vecino Carmona, el ver, entre muchísimos vientos de antenas y torres, el Golfo de Nicoya y el paisaje de esa zona media de la Península de Nicoya lo valen.

_R060649_R060659_R060658_R060662_R060663_R060655© Guillermo A. D. S. - 2016

viernes, 1 de julio de 2016

Regla

Cruzando la bahía en un viejo y lleno de herrumbre transbordador llegamos a Regla, el suburbio al este de la Habana donde entre ruinas de pasados industriales el sincretismo religioso cubano decidió darle casa a Yemayá. En la Capilla de Regla, entre la imaginería cristiana de una pequeña ermita,  encontramos la imagen de la Virgen de Regla, a Yemayá, la orisha dueña del mar.

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© Guillermo A. Durán S. - 2016

domingo, 29 de mayo de 2016

Las Islas Murciélago

Nos tocó llegar a la Isla San José acompañados por varios investigadores de la Universidad Nacional y miembros del Area de Conservación Guanacaste. El mar, a pesar de que para ese día estuvo soplando el viento alisio, nos trató con amabilidad. Y aunque el objetivo de la gira no era explicitamente visitar las Islas Murciélago, el ofrecimiento de conocer el único archipielago que tiene Costa Rica no fue del todo mal recibido.

La sorpresa fue grande, aunque cabe recalcar que según nos comentaron los guardaparques, durante el verano, cuando los vientos alisios azotan sin clemencia, llegar y habitar este pequeño paraíso se vuelve una verdadera pesadilla.

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© G.A.D.S. - 2016