Allá en Nandayure está el Cerro Azul

Por pura curiosidad geográfica me interesé en Cerro Azul.

Al vivir nuevamente en Guanacaste y queriendo conocer más de las tierras que marcaron mi niñez nicoyana se me hizo necesario hacer al menos una visita al punto más alto de la Peninsula de Nicoya. Por algún lado había leído sobre las tierras "altas" de la Península de Nicoya, tierras que contradicen el imaginario de los "cartagos" que asocian la península con altas temperaturas, una estación seca muy marcada y playas. Pocos, inclusive los mismos guanacastecos, saben que al sur del cantón de Nandayure – cantón con un nombre netamente chorotega - está, con 1020 metros sobre el nivel del mar y coronado por casi cientos de antenas, el Cerro Azul, el lugar más alto de la península.

De Carmona, un pueblo de calores legendarios y el más importante de Nandayure, se sube sobre una calle de lastre hasta la cúspide del cerro. La subida se puede hacer en un vehículo alto que no necesariamente tiene que ser 4x4. Francamente a mi me impresionó que en alrededor de media hora en carro se puede escapar de los calores sofocantes de Carmona para sentir la frescura del aire de los más de mil metros de elevación sobre el nivel del mar de Cerro Azul.

Durante el camino a la cima se nota el abandono de esta zona de la provincia, que a pesar de geográficamente estar cerca a los polos turísticos de Guanacaste, en infraestructura para recibir visitantes está aún muy lejos de Nicoya, Santa Cruz o Liberia. Para el ojo del que ha estudiado ingeniería forestal es fácil de apreciar que gran parte del bosque que rodea la cima del cerro son potreros abandonados convertidos en tacotales y bosques secundarios, reflejos de que, seguramente, los números de la economía ya no daban para tener ganado en estas tierras, situación que inclusive hace notar que varias casas han sido abandonadas.

Cuando se llega a la cima del cerro lo que más llama la atención a los visitantes primerizos es la gigantesca bola de futbol que acomodaron sobre una gran plataforma de metal, señal de los supuestos vestigios de un radar de última tecnología que hace ya varios años instaló el personal del ejército gringo para ayudarnos a controlar el narcotráfico. ¿Funcionará aún el radar? Según el estado de la infraestructura (y huecos en las mallas por donde afortunadamente se puede entrar al inmueble) pensamos que no.

¿Y para qué subir hasta allá arriba? Aparte de para evitar el ya varias veces mencionado calor del vecino Carmona, el ver, entre muchísimos vientos de antenas y torres, el Golfo de Nicoya y el paisaje de esa zona media de la Península de Nicoya lo valen.

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© Guillermo A. D. S. - 2016

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